El Dr. Dario Azzellini afirmó que Abdullah Öcalan debe ser incluido en el proceso de negociación, argumentando que una paz duradera y una solución política dependen de su participación

Azzellini: Öcalan debe formar parte de las negociaciones de paz

En los últimos días, el sociólogo y activista italiano Dr. Dario Azzellini, uno de los firmantes de una carta abierta internacional que llama la atención sobre el régimen de detención incomunicada absoluta impuesto a Abdullah Öcalan y la lucha por el "derecho a la esperanza", argumentó que esta práctica constituye no solo una violación jurídica sino también un mecanismo sociopolítico deliberado. Conocido por su trabajo sobre consejos obreros, modelos de autogestión y movimientos sociales en América Latina, Azzellini habló con ANF sobre el régimen de aislamiento en la isla de Imralı, las intersecciones estructurales entre el modelo de Confederalismo Democrático en Rojava y las organizaciones de base en América Latina, y las alianzas emergentes entre los trabajadores y la sociedad en respuesta a la crisis global del capitalismo.

Usted firmó recientemente una carta abierta que destaca el régimen de detención incomunicada absoluta impuesto al líder kurdo Abdullah Öcalan en la isla de Imralı y la lucha por el "derecho a la esperanza". Como sociólogo y activista, ha expresado su solidaridad con el movimiento kurdo en este caso. En términos más generales, ¿considera el aislamiento total de los líderes políticos simplemente como una violación jurídica o como un mecanismo sociopolítico deliberado destinado a impedir la resolución de conflictos y suprimir la voluntad del pueblo?

Sin lugar a dudas, es una de las violaciones de derechos humanos más graves y explícitas utilizadas para castigar la resistencia que desafía al autoritarismo estatal en las democracias representativas y los sistemas parlamentarios homogeneizados. A menudo los derechos se reconocen solo en la medida en que no perturben a quienes están en el poder, y esto lo vemos en muchas partes del mundo. En el caso específico de Kurdistán, sin embargo, hemos visto cómo los poderes fácticos han transformado cuestiones que no lo son intrínsecamente en conflictos étnicos, nacionales o religiosos para mantener sus mecanismos de control. Sabemos que diferentes pueblos son capaces de convivir, compartir el mismo espacio y respetarse mutuamente. Sin embargo, estas diferencias son instrumentalizadas repetidamente por quienes están en el poder para preservar el control y dividir a las sociedades. En este contexto, la propuesta más viable para una sociedad multinacional, multilingüe y multiétnica ha provenido de las fuerzas kurdas. El concepto planteado por Abdullah Öcalan ha ofrecido una vía posible para salir de un conflicto prolongado. La clave para una solución radica en el modelo que se ha puesto en práctica en diferentes partes de Kurdistán. La persona con el carisma, la visión teórica y el liderazgo para conducir este proceso de negociación es Öcalan. Por lo tanto, encarcelarlo e aislarlo es un intento de hacer imposible una solución y de desacreditar al Movimiento internacionalmente. Cuando aíslas a alguien, las personas que no están familiarizadas con el tema asumen naturalmente: "Si está en prisión, debe haber hecho algo malo". Esa es la imagen que se proyecta al mundo exterior. Creo que este régimen de aislamiento sirve para varios propósitos. En primer lugar, impide que las fuerzas políticas participen en un debate público amplio. Un debate de este tipo requiere que Öcalan pueda participar. Personas de diferentes bandos se reúnen y hablan; así es como se resuelven los conflictos. Si no permites que eso suceda, significa que no quieres una solución.

En segundo lugar, busca desacreditar al Movimiento kurdo y las demandas kurdas a nivel internacional. Leemos constantemente afirmaciones infundadas en los medios de comunicación que sugieren que "las fuerzas kurdas lucharán ahora en nombre de este o aquel bando". El Movimiento se ve entonces obligado a responder diciendo: "No somos sirvientes de nadie". Un punto debe quedar absolutamente claro: si se quiere la paz, si se quiere cualquier tipo de solución, entonces se debe garantizar que Öcalan forme parte de las negociaciones. Öcalan representa a un movimiento que no busca la supremacía étnica, sino que se esfuerza por lograr un modelo mediante el cual todos los diferentes pueblos de la región puedan construir una sociedad democrática basada en el respeto mutuo.

Su trabajo se ha centrado ampliamente en los consejos obreros, las fábricas ocupadas y la organización de base, particularmente en América Latina y Venezuela. Si observamos el modelo que el líder kurdo Abdullah Öcalan conceptualizó como Confederalismo Democrático, vemos que se está poniendo en práctica en Rojava. ¿Dónde ve los puntos de convergencia entre sus investigaciones sobre los consejos de fábrica y de barrio y este modelo de autonomía democrática? ¿Ha abierto la experiencia práctica de Rojava nuevas perspectivas dentro de su propio marco teórico?

Sí, creo que el concepto de Confederalismo Democrático forma parte de la gama más amplia de enfoques que vemos internacionalmente para construir una sociedad más democrática. Una sociedad democrática significa que las personas afectadas por decisiones particulares son quienes toman esas decisiones. Eso significa que los trabajadores deciden directamente sobre el proceso de producción, mientras que las comunidades, o comunas, deciden qué quieren producir o qué necesitan. Democracia significa llevar la toma de decisiones al lugar mismo donde se encuentran las personas afectadas por esas decisiones. Esa es precisamente la propuesta que vemos en el Confederalismo Democrático y, en particular, en las estructuras establecidas en Rojava a través de consejos a diferentes niveles, asambleas de mujeres y diversas formas de organización interconectadas. Creo que uno de los mayores errores de Occidente y de la democracia liberal es la suposición de que existe un único modelo universal de democracia que debería verse igual en todas partes. Eso es completamente erróneo. La democracia debe ser diferente en todas partes para ser democrática, porque cada lugar tiene sus propias tradiciones y formas de comunicación. Por lo tanto, debe adaptarse a las condiciones locales y ser construida por el propio pueblo. Por supuesto, no existe un modelo preestablecido. Estamos hablando de una situación extremadamente difícil, marcada por guerras externas, embargos y presiones económicas y militares. Bajo tales condiciones, nadie puede esperar que surja un sistema ideal de la noche a la mañana. Es un proceso de aprendizaje. Por ejemplo, el principio de los bienes comunes, aplicado en Rojava a la tierra y a los edificios mediante derechos de uso, es una idea extremadamente progresista. Si una propiedad no se utiliza para el bien público, las comunidades adquieren inmediatamente el derecho a usarla. Esto no se queda en un concepto teórico; proporciona a las personas soluciones concretas a través de un proceso compartido y colectivo.

Como sociólogo que ha estudiado la Comuna de París, las estructuras comunales en América Latina y Rojava, he llegado a la conclusión de que estas experiencias no se están copiando entre sí. La búsqueda de tratarse mutuamente como iguales y encontrar soluciones colectivas es un impulso orgánico que existe profundamente en las personas. Rojava representa un modelo en el que las propias personas deciden qué tipo de economía necesitan, en lugar de uno en el que la economía dicta cómo deben vivir las personas. Por eso, al igual que los zapatistas en México o los movimientos comunales en Venezuela, Rojava es una experiencia extremadamente importante de la que todos podemos aprender y a través de la cual podemos construir un futuro compartido a escala global.

Por último, hablemos de la construcción de puentes entre los movimientos sociales. ¿Cómo se pueden forjar vínculos orgánicos entre los movimientos laborales y sindicales tradicionales e institucionalizados de Occidente y los movimientos democráticos radicales, ecológicos y comunales de Oriente Medio, o los movimientos de base de América Latina? ¿Qué pueden aprender estas tradiciones entre sí en el contexto de la crisis global del capitalismo?

Los sindicatos tradicionales necesitan cambiar en la era en la que vivimos. De lo contrario, no podrán intervenir eficazmente en nombre de la clase trabajadora. Esta transformación se está produciendo lentamente en algunos sindicatos. Pero el punto clave al que debemos llegar es este: la lucha de clases y la lucha contra el capitalismo no se limitan al lugar de trabajo o a la fábrica. La contradicción entre el trabajo y el capital no tiene por qué limitarse al lugar de trabajo tradicional. La formación de clases también puede tener lugar en los barrios. Las luchas por condiciones de vida dignas, vivienda, agua limpia o infraestructura en comunidades empobrecidas son todas, en su esencia, formas de lucha de clases. Las personas ricas no se ven afectadas por estos problemas. No todos trabajamos en fábricas; reconocer este cambio estructural es esencial. Otra cuestión crucial es que el movimiento socioecológico y el movimiento laboral deben unirse. Los trabajadores y sus comunidades son la única fuerza social con un interés genuino en una producción social y ecológicamente sostenible. También son las personas más afectadas por el cambio climático y la destrucción ambiental. Los trabajadores entienden mejor que nadie cómo debe transformarse la sociedad. Como observé en las fábricas ocupadas, una vez que los trabajadores toman el control, inmediatamente comienzan a pensar en formas de producción más saludables y ecológicas porque son ellos quienes respiran el humo todos los días. Necesitamos volver a entender que ni la clase ni la solución existen solo en el lugar de trabajo o solo en la comunidad, sino en la combinación de ambos. Durante mi investigación con mineros del carbón en Colombia, les pregunté: "¿Cuál es su relación con la comunidad?". Me miraron con sorpresa y respondieron: "¿A qué se refiere? En el momento en que dejo de trabajar, soy la comunidad". Sin embargo, si se hace la misma pregunta en los Estados Unidos o Alemania, se encontrará una división tajante entre el trabajo y la vida social. Necesitamos superar esa división.

¿Hay algún mensaje o llamamiento especial que le gustaría compartir con los lectores de ANF?

Hoy en día, es vital que desarrollemos un claro sentido de solidaridad entre todas las personas afectadas por las guerras, los bombardeos y las ocupaciones. No debemos permitir que los poderes fácticos nos dividan a través de agendas artificiales. Necesitamos construir un frente global sólido de lucha común contra la guerra y la ocupación y en defensa del derecho de los pueblos a la autodeterminación. De lo contrario, el futuro de la humanidad se presenta verdaderamente sombrío.

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